La creciente medicalización de la vida cotidiana preocupa a especialistas
- Académico advierte que cada vez más emociones y experiencias normales de la vida son interpretadas como trastornos de salud mental.
La tristeza tras una pérdida, el miedo frente a un cambio importante, la ansiedad antes de un desafío o el desánimo en períodos difíciles han acompañado históricamente la experiencia humana. Sin embargo, hoy muchas de esas emociones parecen necesitar una explicación clínica. Lo que antes era entendido como parte de la vida cotidiana, cada vez con mayor frecuencia es interpretado como un trastorno que requiere un diagnóstico o incluso un tratamiento.
Para el académico del Instituto de Ciencias de la Salud de la Universidad de O’Higgins (UOH), Jorge Gallardo Cochifas, este fenómeno responde a un proceso de medicalización que ha ido expandiendo los límites de lo que la sociedad considera una enfermedad.
“La medicalización consiste en transformar aspectos normales de la vida, como el duelo, la menopausia, el envejecimiento o determinadas formas de comportamiento, en problemas médicos. Sin embargo, hoy estamos observando algo aún más profundo: un proceso de psiquiatrización, donde las emociones y los malestares cotidianos comienzan a interpretarse casi exclusivamente mediante diagnósticos de salud mental”, explica el experto UOH.
Según el especialista, esta tendencia limita otras formas de comprender el sufrimiento humano, privilegiando la explicación biomédica por sobre los factores sociales, culturales y relacionales que también influyen en el bienestar de las personas.
Más diagnósticos, ¿más enfermedades?
Gallardo sostiene que el debate se intensificó tras la publicación de la quinta edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5), documento ampliamente utilizado por profesionales de la salud mental en todo el mundo.
La nueva versión amplió considerablemente el número de categorías diagnósticas respecto de su antecesora, generando cuestionamientos incluso entre algunos de los especialistas que participaron en versiones anteriores del manual.
“La discusión es si realmente estamos frente a nuevos conocimientos científicos o si simplemente ampliamos los criterios diagnósticos, haciendo posible que cada vez más personas encajen dentro de alguna categoría clínica”, señala.
Aclara que los diagnósticos constituyen herramientas fundamentales para el trabajo profesional, pero advierte que se vuelven problemáticos cuando pasan a convertirse en la única explicación posible para comprender las emociones.
“El diagnóstico puede ser útil en determinados casos, pero difícilmente reemplaza el valor de los vínculos, el diálogo, la experiencia compartida o las condiciones sociales que también explican gran parte de nuestro bienestar”, puntualiza el Doctor en Sociología
Riesgo del autodiagnóstico digital
El fenómeno ya no ocurre únicamente dentro de las consultas médicas. Hoy encuentra uno de sus principales impulsores en las redes sociales.
Videos que prometen detectar depresión, trastorno por déficit atencional, ansiedad, autismo o neurodivergencia mediante listas de comportamientos simples se viralizan diariamente y alcanzan a millones de usuarios.
“Frases como ‘si te pasa esto, entonces tienes este trastorno’ o ‘si haces esto probablemente eres neurodivergente’ presentan como verdades generales procesos que son mucho más complejos. Un diagnóstico requiere evaluar la historia, el contexto y las circunstancias particulares de cada persona”, advierte.
El problema, agrega, es que estos contenidos pueden llevar a interpretar cualquier diferencia, dificultad o emoción desagradable como evidencia de un trastorno psiquiátrico.
“Ese es uno de los principales desafíos actuales: evitar que la única forma de comprender lo que sentimos sea a través de una etiqueta diagnóstica.”
La presión de estar siempre bien
A la expansión de los diagnósticos se suma otro fenómeno propio de la sociedad contemporánea: la exigencia permanente de mostrarse feliz.
Algunas investigadoras han denominado este proceso como la “dictadura de la positividad”, una presión cultural que instala la idea de que el bienestar permanente constituye la normalidad.
“Como seres humanos no somos máquinas programadas para sentirnos bien todo el tiempo. Nuestro estado emocional depende de nuestras relaciones, del trabajo, de las condiciones de vida, del contexto social e incluso de los acontecimientos nacionales e internacionales”, afirma.
Sin embargo, las redes sociales muestran una realidad muy distinta. Allí predominan imágenes de éxito, felicidad y realización personal, mientras los momentos difíciles permanecen invisibles.
“Esa comparación constante puede hacer que una persona sienta que hay algo malo en ella simplemente porque experimenta tristeza, frustración o incertidumbre. Pero esas emociones forman parte de la vida y no deberían entenderse automáticamente como una enfermedad”, detalla Gallardo.
Recuperar el valor de las redes humanas
Para el académico, uno de los principales riesgos de la medicalización es que las personas comiencen a depender exclusivamente de explicaciones clínicas para enfrentar problemas que muchas veces también requieren apoyo social.
Antes de buscar respuestas en internet o intentar autodiagnosticarse, recomienda conversar con familiares, amistades o personas de confianza, recuperando espacios de contención que históricamente han ayudado a enfrentar los momentos difíciles.
“La consulta profesional es recomendable cuando el malestar persiste, aumenta con el tiempo o comienza a afectar significativamente la vida cotidiana, el trabajo, los estudios o las relaciones. Pero eso no significa que toda tristeza, preocupación o cansancio sea un trastorno de salud mental.”
En una sociedad donde las etiquetas diagnósticas circulan con facilidad y las emociones parecen necesitar siempre una explicación clínica, el académico invita a recordar una idea sencilla, pero cada vez más necesaria: sentirse mal en determinados momentos también forma parte de estar vivo. Reconocer esa realidad, concluye, constituye el primer paso para construir una relación más saludable con nuestras emociones y con la propia salud mental.
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