● Mié 24 de Junio 2026

Académico UOH advierte que largos períodos sin erupciones no significan que un volcán esté inactivo

Escrito por Universidad de O'Higgins

 

  • Jorge Romero explica que algunos volcanes pueden permanecer miles de años en reposo antes de registrar nuevas erupciones.

 

Durante años, la última fecha de erupción ha sido uno de los principales criterios para clasificar a los volcanes como activos o inactivos. Sin embargo, nuevas investigaciones internacionales y el conocimiento acumulado por la volcanología moderna están demostrando que esta mirada puede ser insuficiente para comprender el comportamiento real de estos sistemas geológicos.

El reciente descubrimiento de evidencia de acumulación de magma durante más de 100 mil años bajo un volcán en Grecia ha vuelto a instalar una pregunta clave para la comunidad científica: ¿es posible que volcanes aparentemente dormidos sigan preparándose para futuras erupciones?

Para Jorge Romero, académico del Instituto de Ciencias de la Ingeniería de la Universidad de O’Higgins (UOH) y especialista en volcanología, la respuesta es sí.

“A nivel internacional, se ha considerado que los volcanes se pueden clasificar como activos si han tenido erupciones en los últimos 10 mil años o si presentan manifestaciones de actividad geotermal, sísmica o deformación. Sin embargo, esta categorización favorece a los volcanes con mayor recurrencia eruptiva y no necesariamente refleja su capacidad real de hacer erupción en el tiempo”, explica.

Según el investigador, existen numerosos ejemplos que demuestran que algunos volcanes pueden permanecer extensos períodos en reposo antes de volver a manifestar actividad eruptiva. Uno de ellos es el volcán Aucanquilcha, ubicado en el norte de Chile, cuya historia eruptiva se extiende por cerca de 11 millones de años.

“Hay volcanes que están activos, pero cuyas erupciones ocurren con muy baja recurrencia. Eso significa que pueden pasar miles o incluso decenas de miles de años entre una erupción y otra”, señala.

Esta situación adquiere especial importancia en Chile, país que alberga una de las mayores concentraciones de volcanes activos del planeta. Romero menciona el caso del Nevado Tres Cruces, en la Región de Atacama, cuya última erupción ocurrió hace aproximadamente 30 mil años.

“Antes de esa erupción había permanecido otros 40 mil años sin actividad. Es un volcán que se construye con erupciones puntuales y largos períodos de reposo. Lo paradójico es que durante ese tiempo pueden ocurrir cambios al interior que preparan futuras erupciones, y estas pueden llegar a ser grandes”, afirma.

La historia reciente ofrece ejemplos similares. La erupción del volcán Chaitén en 2008 puso fin a casi 400 años de tranquilidad aparente, mientras que el volcán Pinatubo, en Filipinas, protagonizó en 1991 la mayor erupción del siglo XX tras cerca de cuatro siglos sin actividad conocida.

Para el académico, estos antecedentes demuestran que la ausencia de erupciones recientes no debe interpretarse automáticamente como ausencia de peligro.

“Algunos volcanes que actualmente no están considerados activos podrían eventualmente reclasificarse utilizando nuevos criterios o a partir del conocimiento que aporten futuras investigaciones sobre su historia eruptiva”, sostiene.

El desafío, agrega, es contar con herramientas que permitan identificar señales tempranas de cambios en estos sistemas. Actualmente, de los 89 volcanes activos reconocidos en Chile, sólo cerca de la mitad cuenta con monitoreo permanente.

“Eso significa que cualquiera de los volcanes activos no monitoreados podría sorprendernos y representar un desafío para la gestión de una eventual emergencia”, advierte.

Si bien el monitoreo satelital ha permitido ampliar la vigilancia de zonas remotas, Romero enfatiza que estas herramientas tienen limitaciones y que es necesario fortalecer las capacidades nacionales de observación.

“Las tecnologías remotas no siempre permiten detectar señales con el tiempo suficiente para una respuesta adecuada. Por eso es fundamental contar con redes de monitoreo de emergencia que puedan desplegarse rápidamente en zonas críticas y fortalecer los recursos destinados a la vigilancia volcánica”, concluye.

Los nuevos hallazgos científicos están ayudando a comprender mejor que los volcanes no funcionan bajo escalas de tiempo humanas. En muchos casos, los procesos que anteceden una erupción pueden desarrollarse durante miles de años. Por ello, más que enfocarse exclusivamente en cuándo ocurrió la última erupción, la volcanología actual busca entender qué está ocurriendo hoy al interior de estos gigantes geológicos aparentemente silenciosos.

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