● Lun 10 de Agosto 2026

Por qué los estudiantes llegan cada vez menos preparados a la universidad

Escrito por Universidad de O'Higgins

 

  • El fenómeno es global: casi todos los países de la OCDE, incluido Chile, muestran un descenso en los niveles de aprendizaje de sus adolescentes. Como consecuencia, las universidades reciben a jóvenes con conocimientos incluso menores a los esperados en octavo básico. ¿A qué se debe esta baja? ¿Y cómo se adapta la educación superior a este escenario?

 

Por Cristóbal Bley

 

Como cada inicio de semestre, una profesora de escritura de una universidad privada de Viña del Mar, entrega a sus alumnos de primer año una lista con la lectura obligatoria del ramo. Algunos clásicos, como La Odisea, se intercalan con poesía de Mistral o novelas de Woolf. “Nada del otro mundo”, dice, aunque sus estudiantes no lo creen así: le cuentan que en el colegio solo les hacían leer capítulos o resúmenes y que, por eso, “casi ninguno consigue leer los libros completos”. La mayoría tampoco logra analizar los discursos y temáticas que hay en ellos.

“Un día una chica se acercó y me dijo ‘profe, ¿por qué nos hace esto?’ Hacerles qué, le pregunté. ‘Esto, po: leer’. No supe qué responderle”, cuenta la académica, cuya experiencia la están compartiendo profesores en universidades no solo de Chile sino que de todo el mundo.

“A los estudiantes les está yendo peor de lo que piensas”, se titula un reportaje que publicó The Economist en junio, que retrata una realidad muy parecida en facultades británicas y estadounidenses. El artículo comienza con una carta, firmada por 1.800 profesores de ciencias y matemáticas de las universidades públicas de California —entre ellas Berkeley y UCLA—, en la que alertan sobre el bajo nivel de preparación con el que llegan sus estudiantes. Uno de cada ocho, reclaman, tienen habilidades matemáticas bajo el nivel de la enseñanza media. Y casi el 70% de estos rezagados no tiene los conocimientos mínimos que se esperan a los 14 años.

Las cifras preocupan en un doble sentido: primero, por el complejo escenario educativo que plasman, y segundo, porque la tendencia global describe un progresivo empobrecimiento de las aptitudes básicas en los jóvenes. Según la Encuesta de Habilidades en Adultos, de 2023 por la OCDE, el 8% de los estudiantes en educación superior tienen resultados iguales o peores a los de un escolar de 5º básico en tests de lenguaje. Un porcentaje que se ha más que duplicado en la última década. En Chile, de acuerdo a ese reporte, uno de cada cuatro universitarios ni siquiera tiene el nivel para aprobar la educación básica.

“Tenemos una situación persistente en el tiempo en términos de carencias”, dice Carlos Williamson, rector de la Universidad San Sebastián (USS). “Son, además, carencias bastante fundamentales, que impiden avanzar a la velocidad deseada en los aprendizajes curriculares”. Según Williamson, es un diagnóstico compartido por varios rectores.

Una pandemia de notas infladas La baja en los aprendizajes también se puede observar en los resultados de la prueba PISA, el famoso test internacional que cada tres años hace la misma OCDE a estudiantes de 15 años. Desde 2009, cuando hubo un alza generalizada de los puntajes, el rendimiento promedio de todos los países ha caído en las tres mediciones: lectura, ciencias y matemáticas.

Es fácil culpar a la pandemia de la gran baja generalizada que se observa en la edición 2022 de la prueba, la más profunda de su historia. También el desplome de los resultados de ese año en el SIMCE, la evaluación que se realiza en Chile a escolares de cuarto y octavo básico, así como de segundo medio. Pero lo cierto es que esos puntajes venían bajando desde antes: en el SIMCE de segundo medio, por ejemplo, nunca más se alcanzaron los 259 puntos en lenguaje y los 265 en matemáticas obtenidos el 2012. Aunque subieron el año pasado, todavía no se alcanzan los niveles prepandemia.

La disminución de estos aprendizajes, eso sí, no ha afectado el ingreso de estudiantes a la educación superior. Más bien al contrario: el 2026 hubo un récord de admisión y casi 162 mil personas entraron a alguna universidad, un 2,3% más que el año anterior. La pregunta es: ¿estaban realmente preparados para ingresar a la educación superior?

“Esa crítica se ha hecho siempre. Hay registros históricos donde Domeyko se quejaba del nivel de los estudiantes secundarios que llegaban a la universidad”, reconoce Sergio Celis, investigador del Centro de Investigación Avanzada en Educación (CIAE) de la Universidad de Chile. “Pero lo cierto es que hoy hay más acceso que nunca a la educación universitaria. A las facultades llegan estudiantes que antes no podían llegar y muchos de ellos vienen con menores niveles de preparación académica de lo que acostumbrábamos a ver”.

Esa brecha la tienen identificada en la U. Católica Silva Henríquez (UCSH). Su directora de Calidad y Desarrollo, Ximena Canelo, dice que, en los últimos años, “los estudiantes que ingresan de enseñanza media presentan un desempeño descendido en habilidades verbales, de lectoescritura, también en matemáticas y, en cierta medida, en ciencias”.

Una baja, agrega Canelo, que no se explicaría solo con la gratuidad o la ampliación del acceso universitario. Una razón fundamental, dice, es la grave crisis docente. “El país ha olvidado lo importante que es la formación de profesores. ¿Quiénes son los principales formadores de los estudiantes de educación media? Sus profesores y sus profesoras. Pero nuestra preocupación hacia ellos está en declive. Eso se manifiesta en el cierre de muchas carreras de pedagogía y en el bajo interés por estudiarla”.

Otro factor que aparece en la ecuación es la inflación de las notas, que no reflejan el verdadero nivel de los conocimientos y habilidades de los escolares.

“¿Por qué tanta gente tiene tan buenas notas, tan buen NEM, si después presenta todos estos déficits o dificultades para adaptarse a la universidad?”, se pregunta Jaime Vatter, vicerrector académico de la U. de Las Américas. “En Estados Unidos e Inglaterra ya se ha visto que los porcentajes de notas máximas que se dan en los colegios han subido. En Chile eso no está tan registrado pero uno lo percibe”.

“Los colegios comenzaron a inflar las notas con el objeto de aumentar la probabilidad de que sus estudiantes ingresen al sistema universitario”, explica el rector Williamson. Así es como los promedios de las calificaciones suben pero no los aprendizajes, distorsionando el objetivo de su existencia, que es determinar el progreso educativo de los niños y niñas.

La erosión del profesor como figura de autoridad, añade Sergio Celis, sumado a la mayor presión que ejercen apoderados y estudiantes sobre ellos, promueve que se evalúe hoy con menos exigencia. Todo esto tiene, como consecuencia indirecta, que los jóvenes tengan menos tolerancia a la frustración de una mala nota, pues el colegio no los preparó lo suficiente para recibirlas.

“Si no estaba en tu experiencia sacarte malas notas y de pronto las recibes en la universidad, tendrás menos capacidad de sobreponerse a eso”, cuenta el investigador del CIAE. Ahí es cuando las universidades tienen que entrar a contener, intervenir y nivelar.

El quinto año medio “En este contexto, las universidades tenemos que hacernos cargo de una realidad que no creamos”, asume Williamson. Para que el tránsito entre la educación media y la superior no resulte tan drástico, y reducir, además, las tasas de deserción —que también afectan los procesos de acreditación—, muchas universidades han implementado programas de seguimiento y nivelación para sus estudiantes de primer año.

En la USS, por ejemplo, tienen un sistema integral que parte con un diagnóstico inicial, el cual determina el nivel del estudiante, y luego continúa con refuerzos en lenguaje, ciencias o matemáticas, según la carrera. “Pero junto con eso hacemos un acompañamiento psicoemocional para cubrir las carencias que existan a nivel personal o familiar”, señala el rector. Cerca de uno de cada cuatro estudiantes de primer año en la USS necesita este apoyo.

Ximena Canelo cuenta que en la UCSH usan un modelo predictivo que hace un primer perfil basándose en los datos demográficos, puntajes y notas escolares de los estudiantes. “Eso nos advierte de quiénes podrían tener un mayor riesgo académico”. Luego hacen encuestas de caracterización y pruebas de diagnóstico en la primera semana de clases, para identificar rápidamente brechas y poder acortarlas mediante cursos de reforzamiento.

Desde que se adscribió a la gratuidad, hace tres años, la UDLA ha visto un incremento en los puntajes de ingreso y un cambio en el perfil estudiantil. A pesar de eso, realizan un diagnóstico a todos sus alumnos nuevos y ofrecen talleres y tutorías a quienes lo requieren. “Y desde este año, para la mitad de nuestras carreras, incorporamos asignaturas de inicio obligatorias que buscan nivelar los conocimientos”, explica Vatter, su vicerrector académico. “En 2027 se añadirán a la otra mitad de las carreras”.

Además de cursos y acompañamientos, no es mucho más lo que las universidades pueden hacer para contener la situación. El problema de fondo requiere de una gran reforma que replantee los métodos de enseñanza, evaluación y admisión. “Pero aquí, para variar, falta voluntad política”, sentencia Williamson.

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